
Por eso de las jerarquias y la necesidad de aprobar ciertas asignaturas, hay momentos que es mejor callar que lanzarse a una batalla que sabes tienes perdida. Pero tampoco puedes dejar de, por lo menos, protestar timidamente y reivindicar la humanidad de los genios. No llego a comprender la varita mágica que toca a algunas cabezas para hacerlas sentir superiores al resto de los mortales, superiores en esa manera que miran al mundo desde una grada que nunca he llegado a ver con nítidez, desde esa distancia que les permite juzgar por activa y por pasiva a los humanos desde sus propias concesiones personales. En esta instancia superior, concedida, según parece, para unos pocos dioses del olimpo, desprecian la mediocridad o el intervalo de respiro que algunos genios se toman. Como si estos no pudieran descender al mundo de los mortales para posar los pies en la tierra y respirar. Sería como exigirle a Kafka que toda su vida hubiera sido un genio amargado, sin concederle esa personalidad arrebatadoramente alegre que tenia, o como si Bergman no hubiera tenido derecho a realizar comedias rosas no sólo como medio para constearse sus obras maestras, sino también para encontar el lado cómico y alegre de la vida.
Así, los mortales, los simples humanos que respiramos y salpicamos la vida, sentimos nuestra sombra reflejada cual hormigita consciente de su pequeñez, piendo perdon por le mero hecho de existir, sin darnos cuenta, que nuestra pequeñez es la burbuja que hace elevarse al mundo, la válvula que concede a los que se siente dioses la posibilidad de levitar.
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